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jueves, 12 de abril de 2018

Los Leones del Prado de La Habana



Los Leones del Prado de La Habana
Por: Roberto F. Campos

   Durante años, turistas de todo el mundo quedan impactados por siluetas de bronce muy interesantes que hoy aun acaparan la atención por su carácter, belleza y poesía: los leones del Prado en la capital cubana.
   Como eternos guardianes, aparecen varias siluetas robustas, en algunas de las puntas del Paseo Martí o Prado, que repleto de árboles lleva a caminantes desde el malecón habanero hasta el Parque Central, en medio de un renovado bullicio.
   Siempre con mirada agresiva y un rugir que se podría escuchar con un poco de imaginación, estos leones constituyen escenario propicio para una foto familiar, o simplemente para enmarcarlos en hoteles del derredor como el Telégrafo o el Sevilla.
   Los historiadores recuerdan que a fines de 1700 las autoridades coloniales españolas adoptaron un programa de obras públicas con la finalidad de otorgar un brillo particular a la villa de San Cristóbal de La Habana, fundada en 1519.
   Además, luego de varios devaneos, finalmente la urbe había obtenido el rango de capital de la Isla y se merecía un trato arquitectónico especial. Las primeras renovaciones incluyeron dos alamedas o paseos, sumadas al primer teatro y un palacio de gobierno.
   Una de ellas, resultó extramuros (Muralla de La Habana, creada para la protección contra ataques de piratas), concebida para paseos vespertinos de carruajes.
   Por lo tanto, se extendió por un kilómetro entre dos puertas de la Muralla y consistió en dos hileras de árboles, bautizada entonces como Nuevo Prado. Rápidamente tuvo gran acogida y se convirtió en un lugar de reunión y descanso.
   Paralelo al Prado se extendía el campo de Marte hasta llegar al mar y cerca cuarteles de soldados, después transformados en barracones para esclavos africanos y en 1817 hasta un Jardín Botánico había por el lugar.
   Ya a fines del siglo XVIII el Prado constituía un escenario propicio de la sociedad habanera, reforzada su imagen al término del siglo XIX.
   Crecieron modernas viviendas alrededor y en 1928 recibió un nuevo empuje con bancos de mármol, luminarias, copas y su más importante agregado: los leones con bronce de viejos cañones.
   El Paseo del Prado se nombró posteriormente Martí, en honor al héroe nacional cubano José Martí (1853-1895), pero en el dicho popular siempre quedó con la primera denominación.
Otra forma de llamarlo fue Alameda de Extramuros, aunque la coincidencia mayor resultó como la avenida más importante y bella de la capital durante muchos años, con sus anónimos leones. rfc/

























lunes, 8 de enero de 2018

Un “Pelú” atrae a turistas en ciudad cubana




Un “Pelú” atrae a turistas en ciudad cubana
Por Roberto F. Campos

Baracoa, Cuba 7 ene. 2018. Con un inicio de año muy alentador para el turismo cubano, viajeros de todo el mundo tienen mucho que ver con una escultura sumamente particular en la oriental ciudad de Baracoa, la del Pelú.
    Baracoa, la más al Este urbe de Cuba, la Primada, como se le conoce, fue la primera villa fundada por los españoles en la isla en 1511 y tiene mucho que aportar al turismo que está en alza en esta isla caribeña.
   Entre sus valores añadidos se encuentran las leyendas y tradiciones como el caso de la relacionada con El Pelú, un español que tiene su escultura en uno de sus paseos principales de la villa.  
   Por el año 1893 llegó a Baracoa un misterioso personaje nombrado Vicente Rodríguez, procedente de Poza, provincia de la Coruña en España.
   Algunas narraciones lo señalan como un rico comerciante que tuvo gran fortuna en Santiago de Cuba. Por esos días era tratado como un gran señor y su inteligencia inspiraba respeto.
  Un buen día Vicente se marchó, pero nadie supo a dónde. Algún tiempo después regresó a Baracoa, exactamente en el año 1896, pero su aspecto ya no era el mismo. El hombre llegó despojado de toda fortuna y envuelto en la más cruda miseria.
   Exhibía el  pelo desaliñado, una barba rizada muy revuelta y ropas en harapos. Dicen que enloqueció completamente y caminaba descalzo y con los pantalones remangados.
   Nunca fue agresivo con nadie, pero al verlo deambular solo por las noches, las personas comenzaron a temerle y a esgrimir fábulas tenebrosas sobre la presencia de aquel hombre, al que llamaron el “Pelú de Baracoa” o “El misterioso”.
   Algunos lo humillaron, incluso fue apedreado varias veces y luego de protestas, el Ayuntamiento decidió expulsarlo para siempre de la localidad.
   El día de su partida, el “Pelú de Baracoa”, maldijo al lugar. Poco antes de partir se le escuchó decir: En Baracoa se harán muchos buenos planes, se generarán muchas buenas ideas, pero todas se desmoronaran, nada se les cumplirá.
   La leyenda, ya centenaria, continúa intacta en la memoria popular.   Muchos baracoenses creen fervientemente en esta maldición.
   Esos vaticinios que  presagio El Pelú para la ciudad de Baracoa a finales de la década del noventa siglo XIX, pasaron de generación en generación hasta el presente, y para bien o para mal una estatua le recuerda, motivo sobrado para la curiosidad de los turistas.
    El misterioso se llamaba Vicente Rodríguez, era natural de Poza, provincia de la Coruña, donde nació en 1857. Llegó  como la mayoría de los españoles y al parecer logró hacer capital en Santiago de Cuba como comerciante y persona de no poca inteligencia.
   Por un accidente de la vida, se convierte en misionero, da todas sus pertenencias a los pobres que bendijeron su determinación, sin embargo muchos desconocieron sus benéficas labores. Ahora esta eternizado en uno de los pasos de la ciudad.
/rfc
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